¿Qué es un libro sin contenido?

Las cosas estabilizan la vida humana. Funcionan como polos de reposo: permiten que algo se detenga, que el cuerpo se oriente, que la experiencia encuentre un punto de anclaje. En una actualidad dominada por la circulación constante de información —ligera, acumulable, intercambiable—, la cosa aparece como aquello que resiste el flujo. No porque contenga más sentido, sino porque tiene peso, forma. Porque exige tiempo, atención y presencia.

Mi trabajo reciente se sitúa en ese punto de fricción. He estado produciendo libros de cerámica: objetos que reproducen la forma del libro —tapa, lomo, peso, volumen— pero que carecen de aquello que comúnmente los define: páginas, texto, información. Son libros sin contenido. Objetos. No narran, no explican, no transmiten datos. Existen únicamente como cosas.

El libro es, quizás, uno de los objetos que más directamente asociamos al lenguaje. Su sola presencia activa una expectativa: esperamos que diga algo, que contenga una historia, un archivo. Al retirar deliberadamente esa función, el libro cerámico expone el mecanismo por el cual atribuimos sentido a la forma. De repente estamos ante un objeto que nos genera una interferencia donde el lenguaje queda suspendido

En algunos casos, estos libros presentan gestos de escritura sin escritura: marcas, trazos, ademanes gráficos que remiten al acto de escribir sin constituir un texto. Pienso estos gestos en diálogo con los ejercicios de Mirtha Dermisache, donde la escritura se libera de la obligación de significar. No se trata de ocultar un mensaje, sino de explorar cómo la construcción de sentido no siempre pasa por la legibilidad.

En este punto, el libro deja de ser un contenedor de información para convertirse en una forma que la evoca. Un libro cerámico puede titularse Fotos 2016–2025 o Cómo comer escarabajos, y no contener imágenes ni palabras. O bien podría no tener título. El título funciona como una etiqueta que sugiere un contenido posible, una especie de registro que existe solo como afirmación. No hay acceso al contenido, no hay verificación, no hay relato. Hay, en cambio, la presencia física de un objeto que declara que algo fue, o puede ser. Incluso los pienso como algo que va más allá de lo que la mente declara posible. ¿Qué clase de texto o imágenes, instrucciones o advertencias, pueden encontrarse en Cómo comer escarabajos? ¿Es realmente posible juntar todas las fotografías que tomé entre 2016 y 2025?

¿Importa?

Este gesto implica un movimiento inverso al habitual. En la economía contemporánea, la experiencia tiende a desprenderse de las cosas para existir como información: fotografías almacenadas en la nube, conversaciones reducidas a archivos, memoria convertida en dato. Trabajar con cerámica es recorrer ese camino en sentido contrario. Es llevar la información —o la idea de información— de regreso al mundo físico.

La arcilla permite que ese retorno sea radical. Su naturaleza milenaria y artesanal demanda atención, cuidado, tiempo. No es un medio transparente. Se quiebra, se deforma, falla. Al crear libros en cerámica, la información no se materializa como contenido, sino como cosa. No pretendo ofrecer mensajes, sino cuerpos. Cosas.

En este sentido, estos libros solo tienen la función de existir. Los pienso como extensiones de mi mente: hechos con mis manos, con mi tiempo, atravesados por mi contexto, por la repetición, por el error. No buscan representar una identidad ni fijar un significado estable. Operan, más bien, como un anclaje en lo terrestre, en aquello que existe y no puede ser modificado con facilidad.

Para mi, hacer un libro sin contenido es un acto de amor al lenguaje. Lejos de negarlo o restarle importancia, busco empujarlo. Es un modo de devolverle densidad a la experiencia, de dar un cuerpo físico a lo ahora etéreo. ¿Quién iba a pensar que fotografías, videos, y libros enteros existirían, esencialmente, en el aire?

El objeto libro cerámico toma una fisicalidad transversalmente opuesta al objeto libro convencional. Se constituye en una sola pieza. Frágil y robusto de maneras completamente distintas.

La tecnología convirtió al mundo en aire abstracto y en saturación cotidiana a tal punto que me encuentro en la necesidad de crear y sostener libros que no dicen nada, pero que aseguran que existen mediante su peso y volumen.

Publicado el 2 de enero de 2026